¿Es posible
la restitución de una educación y una familia que considere la formación del
espíritu, como eje central del desarrollo humano? Nada más pasado de moda, ni
nada más pre moderno que hablar sobre la formación del espíritu en la educación
de nuestros hijos y alumnos.
Hoy, en
algunas instituciones escolares así como en algunas organizaciones gremiales, casi
llega a ser una insolencia hablar de formación espiritual, en este mundo donde
los valores están trastocados y en donde se valoriza mucho más una buena
camisa, un buen pasar, las marcas de
nuestras ropas, el consumo masivo, la comida chatarra, las apariencias, los
proyectos sin sentido, el hacer por el hacer, el hedonismo, el alcanzar éxitos,
y muchas otras cuestiones que están muy alejadas de lo que conocíamos como
"vida espiritual". Hoy, sin duda, en muchos núcleos sociales y colegios
es más importante que el alumno aprenda mucho "inglés" y mucha
"computación" por sobre la formación de valores humanos, simplemente
humanos, que permitan hacer de la formación de nuestros alumnos un proceso
integral de búsqueda de los equilibrios necesarios para una adecuada y sana
formación de si mismos como personas.
Mucho
inglés, piensan algunos padres, para que sus hijos o hijas se sepan desenvolver
con comodidad en el mundo de los negocios o en el peor de los casos, para que
sepan descifrar los instructivos tecnológicos de las máquinas y herramientas
que importamos de otras latitudes. Hoy el inglés, como el francés lo fue ayer,
es visto como una herramienta para desenvolverse con comodidad en el mundo, sin
la cual es casi imposible "triunfar" y "tener éxito". Casi
de pero grullo, pero falso.
También
mucha computación, para que sus hijos sepan adentrarse en estos nuevos mundos
de la información, sin la cual, creen los padres, no podrán estar al día, no
podrán obtener la felicidad y serán unos analfabetos en un mundo que se mueve
al ritmo de la Internet u otras redes informáticas. No importa que el niño no
sepa clasificar, sintetizar, analizar, describir, ordenar, darle sentido a la
información; lo importante es que tenga acceso a ésta y por supuesto a los
juegos, con los cuales los mantienen fijos e idiotizados frente a la pantalla
del ordenador o la televisión, para que se "entretengan" y los dejen
un momento en paz al regreso de sus trabajos.
Por lo
mismo, cuando se observan estas situaciones, uno se pregunta ¿Es posible la
restitución de una educación en la familia y en el colegio que considere la
formación del espíritu, como eje central del desarrollo humano? La respuesta a
esta interrogante tiene que ver mucho con la perspectiva en la cual nos
pongamos en relación al crecimiento humano y cuál es el rol de los profesores y
los padres y mamás en esta tarea. De partida, es posible pensar que los
profesores pueden llegar a ser buenos educadores, ya sea esto por una muy buena
formación profesional y técnica o por una inclinación y gusto de vida que los
hace acercarse a los otros, como podrían acercarse también a la naturaleza o la
historia, a la mecánica o a los animales.
Nosotros pensamos que la tarea de la formación del
espíritu del niño y del joven implica de parte del profesor/a, de la
institución escolar y de la familia una profunda vocación de servicio y respeto
por la naturaleza humana y su crecimiento. En otras palabras, implica una
profunda vocación pedagógica y educativa. Implica que en el corazón y la
inteligencia de los adultos exista la necesidad y aspiración de ser maestros
educadores, es decir, ser un acompañante del otro en el camino de hacer su
vida, mientras al mismo tiempo se exige a sí mismo un desarrollo pleno de todo
su potencial humano. Nada más exigente, por lo mismo, que ser un buen educador
(Profesor, Padres y Apoderados, etc.) , pues sólo de esta manera, conectados
con su propio ser y hacer, pueden ayudar al otro a conquistar los aspectos más
sublimes de su persona, es decir, conquistar su espíritu. ¿Estamos
preparados para ser educadores, cada uno
de nosotros, que ayuden a la construcción de las bases de la existencia de sus hijos
y alumnos, especialmente en uno de los aspectos hoy más olvidados, como lo es
la vida del espíritu?
Pensamos
que no lo estamos, pues el tiempo que nos toca vivir a todos nosotros es un
tiempo que ha relegado la vida del espíritu a un tercer o cuarto plano. Nos
podemos imaginar a aquellos que abrazan la vida religiosa o pedagógica, la vida
del arte o la literatura y surgen de inmediato imágenes de incomprensión cuando
la religiosidad, la pedagogía, el arte y la literatura son genuinas y van muchas veces en contra de lo
establecido, es decir, van en contra del individualismo y el pragmatismo
imperante.
Por eso es
difícil retomar una educación del espíritu. No sólo porque faltan profesores y
padres que sean educadores, sino porque fallan las condicionantes mismas de la
vida social y cultural que permitan vislumbrar rayos de luz y de espíritu en un
mundo que se desgasta, estúpidamente, en los simples hechos, sin encontrarles
sentido ni sentido ni trascendencia.